144. Relato. Ángel de la guarda de Niki de St. Phalle








Relato - enero/17

     Como siempre, habíamos quedado en el jardín Lindenhof. Las escaleras mecánicas me dejaron en el vestíbulo principal de la estación. Un acto casi involuntario hizo girar mi cuello ligeramente a la izquierda y con una suave sonrisa comprobé que el ángel de la guarda de Niki de St. Phalle seguía en su sitio. Todavía no había empezado a nevar pero el viento helaba mi rostro. El paso de los años no había conseguido adaptarme a ese clima, o quizás la soledad.

     Caminé entre la muchedumbre que comenzaba una nueva jornada de compras hasta llegar a la intersección con Oetenbachgasse. La suave pendiente y los adoquines me recordaron que llevaba una pequeña maleta con ruedas. El suelo de tierra del jardín definitivamente me obligó a cogerla por el asa. Busqué en el muro un hueco sin excrementos de paloma, me senté y con el río a mis pies, la esperé.

     Nada parecía haber cambiado. La misma sonrisa de siempre, el brillo de sus ojos, su perfume, el mechón cayendo sobre su mejilla. 

     Pasó más de una hora cuando nos pusimos en marcha. Había alquilado una habitación en un hotel cercano y se ofreció a guardar allí mi maleta. La esperé en la recepción, rodeado de un grupo de japoneses, mientras subía. Apenas pasaron cinco minutos. 

     Después caminamos, primero con cierta distancia, no física. Luego el calor de un café y las palabras nos fueron acercando. 

     Comenzó a llover y nos refugiamos entre la obra de Alberto Giacometti. Subimos la escalinata que llevaba a la sala en la que se exponía su obra. Allí, sin palabras, nos dejamos llevar por los efectos del arte sobre nuestros sentidos. Ante l´homme qui marche sous la pluie quedó paralizada, ausente, pasaron dos grupos guiados hasta que me buscó.  

     Guardó la tarjeta en mi bolsillo mientras me susurraba que no deseaba volver a caminar sola bajo la lluvia. 

     Esta vez el ángel se había fijado en mí.







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