112. Slow life






     Durante las vacaciones mi mejor comida es, sin dudarlo, el desayuno.

     Ese momento que aún siendo tan importante, suelo tomar de prisa y corriendo pues el reloj en ciertas horas del día parece ir mucho más rápido de lo normal. Apenas me siento a saborear el café, el zumo o unas simples tostadas. Ya se que lo podría solucionar madrugando un poco más pero, ese es otro tema que daría para hablar largo y tendido.

     Así que, durante los días libres o en fin de semana, es cuando puedo levantarme sin prisas y sentarme relajadamente a disfrutar de un buen y nutritivo desayuno, incluso entre bocado y bocado, conversar, consultar las noticias de la mañana, o leer alguna página que estaba esperando su turno desde la noche anterior.

     Resumiendo, vivir la vida de forma lenta pero intensa. 

     Y ya que tenemos huevos caseros, voy a aprovechar para preparar un delicioso bizcocho para mojar en el café con leche y chuparse los dedos.


     Ingredientes: 

3 huevos y una clara más.
1 yogur natural
3 medidas (vaso del yogur) de azúcar
1/3 vaso de aceite de oliva suave
3 medidas de harina
1 sobre de levadura
ralladura 1/2 limón

     Mezclar y batir todos los ingredientes en un recipiente, mientras se calienta el horno a 220ºC. 
    Untar el molde con mantequilla. Meter en el horno a 220ºC unos quince minutos, luego bajar la temperatura a 180ºC y dejar otros cuarenta minutos. 
     Retirar del horno y dejar enfriar.




Libro imagen: Elogio de la lentitud, Carl Honoré.




Este arte de descansar la mente y
la capacidad de alejar de ella todo cuidado y 
preocupación probablemente sea uno
de los secretos de la energía de nuestros 
grandes hombres. 

Capintán J.A. Hadfield


¡Bienvenido Abril!



111. Ya es primavera




     Algunas veces se dan circunstancias que se soslayan unas a las otras y que operan cambios en muchos casos imperceptibles a simple vista. Casi siempre a mejor, cuando no, es como entrar en barrena y no encontrar freno.

     Entonces es cuando te sientas ante la pantalla en blanco y no sabes como empezar, y decides coger la cámara y tomar fotografías, o salir a caminar, caminar, caminar más, y hacer perceptibles los cambios de estaciones, los colores y olores.

     Hace poco leí un artículo sobre Rachel Carson, en el que además de mencionar su gran trabajo de investigación y divulgación, hacían una reseña sobre El sentido del asombro, un pequeño ensayo escrito con gran belleza en el que habla del amor a la naturaleza, y de la importancia de despertar y conservar en los niños el asombro e interés por todo lo que los rodea.
     En los niños me parece fundamental, y en los no tan niños, ¿por qué no?

     De alguna de mis caminatas suelo traer ramas o flores para mi pequeño espacio de trabajo, y para las fotografías que luego lleno de hilos.
     Ramas caídas de un abeto, acacias con o sin flor, flores silvestres que crecen en la tierra que se cuela entre las piedras movidas de un antiguo muro, camelias que me regalan, ramas que corto por la huerta familiar...
     Otras veces voy al mercado y escojo un buen ramo de tulipanes, de lirios, de astromelias, plantas para las macetas...





     Quizá sea la herencia de haber subido a muchos árboles, de ir a buscar una zanahoria para el guiso directamente a la huerta, de jugar al escondite por el monte, de ver como preparaban ramos de flores para vender, de llenar las manos de tierra y la cabeza de pájaros...

      Desde enero me han llamado la atención dos entradas de dos blogs totalmente diferentes, o no tanto, ésta y ésta. Me gustan. Una buena reflexión para esta primavera. 






Fotografía bordada.
 En breve ésta y más en mi tienda online.




“Hace poco recibí en el correo una carta que guardaba un testimonio elocuente de la permanencia del sentido del asombro durante toda la vida. Era de una lectora que me pedía consejo para escoger una zona de la costa para ir de vacaciones, un paraje natural donde pudiera pasar los días entre playas vírgenes, explorando ese mundo que es viejo pero siempre nuevo.
Lamentablemente excluyó las playas escarpadas del norte. A ella le habían encantado las playas toda su vida, me dijo, pero trepar por las rocas de Maine podría resultar difícil para quien pronto llegaría a su ochenta y nueve cumpleaños. Cuando dejé su carta me sentí reconfortada por las llamas del asombro y el estupor que aún ardían intensamente en su mente y espíritu jovial, tal como debían de haberlo hecho hace ochenta años.
Los placeres que perduran al contacto con la naturaleza no están reservados para científicos sino que están al alcance de cualquiera que se sitúe bajo el influjo de la tierra, el mar y el cielo y su asombrosa vida.”
           El sentido del asombro, Rachel Carson